domingo, 11 de enero de 2015

Los Templarios (I).

LOS TEMPLARIOS (I).
Orden, fundación y desaparición.

Historia. Generalidades.
La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón (en latín, Pauperes Commilitones Christi Templique Salomonici), también llamada Orden del Temple fue fundada en Jerusalén en 1118 o 1119 por nueve caballeros franceses liderados por Hugo de Payens tras la Primera Cruzada. Sus miembros son más comúnmente conocidos como caballeros templarios.
Los nueve fundadores fueron: Hugo de Payens, Godofredo de Saint-Omer, Godofredo de Bisol, Payen de Montdidier, André de Montbard, Arcimbaldo de Saint-Amand, Hugo Rigaud, Gondemaro, Rolando.
Se mantuvo activa durante poco menos de dos siglos siendo una de las más poderosas órdenes militares cristianas de la Edad Media. Su propósito original era proteger las vidas de los cristianos que peregrinaban a Jerusalén tras su conquista pero más tarde asumió también la defensa de los Estados latinos creados en Oriente. Al ser reconocida por el patriarca latino de Jerusalén Garmond de Picquigny, les impuso como regla la de los canónigos agustinos del Santo Sepulcro.
El Temple unía ideales monacales y guerreros y su creación marcó un hito en el proceso de santificación de la guerra y la caballería impulsado por la Iglesia, y su rígida organización prefigura la de los ejércitos modernos. La orden, además, edificó una serie de fortificaciones por todo el mar Mediterráneo y Tierra Santa.
Aprobada oficialmente por la Iglesia católica en 1129, durante el Concilio de Troyes, la Orden del Temple creció rápidamente en tamaño y poder. Mientras que militarmente, sus miembros se encontraban entre las unidades mejor entrenadas que participaron en las Cruzadas los miembros no combatientes de la Orden gestionaron una compleja estructura económica dentro del mundo cristiano, creando nuevas técnicas financieras que constituyen una forma primitiva del moderno banco.

Antecedentes.
Una vez controladas, militarmente o por asentamiento, las invasiones musulmanas y vikingas comenzó en Europa occidental una etapa expansiva. El crecimiento de la población y de las ciudades supuso el aumento de la producción agraria así como el comercio experimentó un nuevo renacer.
La autoridad religiosa, había logrado introducir en el belicoso mundo medieval ideas como la paz de Dios o la tregua de Dios, dirigiendo el ideal de caballería hacia la defensa de los débiles, aunque no rechazaba el uso de la fuerza para la defensa de la Iglesia.
A finales del siglo IX el pontífice Juan VIII, había declarado que aquellos que murieran en el campo de batalla luchando contra el infiel verían sus pecados perdonados. Es más, se equipararían a los mártires por la fe.
Había entonces un arraigado sentimiento religioso que se manifestaba en las peregrinaciones a lugares santos, habituales en la época. A principios del siglo XI Santiago de Compostela y Jerusalén fueron paulatinamente sustituyendo a Roma, como lugar tradicional de peregrinación. Pero estos nuevos destinos no estaban libres de peligros y obstáculos, aunque el sentimiento religioso, unido a la idea de encontrar aventuras y riquezas en Oriente sedujo a muchos peregrinos, pero al volver a sus hogares relataban sus penalidades.
En noviembre de 1095 en el Concilio de Clermont Urbano II, que tras asegurar su posición al frente de la Iglesia, había continuado con las reformas de su predecesor Gregorio VII, expuso los peligros y  vejaciones a los que se veían sometidos los peregrinos cristianos que viajaban a Jerusalén tras su caída en manos turcas, lo cual junto a  la petición de ayuda realizada por los bizantinos propició que la expedición militar propuesta por Urbano II pretendiese también rescatar esta ciudad de manos musulmanas.
Coronación de Balduino I.
La promesa de recompensas espirituales, aunada al ansia de riquezas, hizo que príncipes y señores respondiesen al llamamiento del pontífice.
La Europa cristiana se movió con el ideario “Dios lo quiere” ("Deus vult"), frase con la que Urbano II convocó la Primera Cruzada en el Concilio de Clermont.
La expedición militar conquistó Jerusalén en 1099 y se constituyeron nuevos territorios latinos, como los condados de Edesa y Trípoli, el principado de Antioquía y el reino de Jerusalén asumiendo Balduino I, en el año 1100, su reinado tras la muerte del primer Rey, su hermano Godofredo de Bouillón.
 
 
Fundación.
Balduino I necesitaba organizar el reino y no podía dedicar muchos recursos a la protección de  los   caminos,  ya  que  no  contaba  con  efectivos  suficientes  para  hacerlo  por lo que
algunos de los caballeros que participaron en la Primera Cruzada se quedaron voluntariamente a defender los Santos Lugares y a los peregrinos cristianos que viajaban a ellos. Entre ellos se encontraba Hugo de Payens, quien sería fundador, junto a otros ocho caballeros y primer Gran Maestre de la Orden, pariente del conde de Champaña y probablemente pariente lejano del mismo Balduino I.

Balduino II de Jerusalén cede el Templo de Salomón a
Hugo de Payens y a Godofredo de Saint-Omer.

El rey concedió a aquellos caballeros derechos y privilegios, y también un lugar donde reposar y mantener sus equipos por lo que les dio un alojamiento en su palacio, la mezquita de Al-Aqsa, que en su día había sido el recinto del Templo de Salomón y, cuando Balduino dejó la mezquita y sus alrededores como palacio para tener el trono en la Torre de David, todo pasó a manos de los templarios, que de esta manera adquirieron su cuartel general y también su nombre.
El mismo rey Balduino se ocupó de escribir cartas a reyes y príncipes de Europa con el fin de que ayudaran económicamente a la recién nacida Orden, ya que había sido recibida no solo por el poder político, sino también por el eclesiástico. Fue el patriarca de Jerusalén, Garmond de Picquigny, la primera autoridad de la Iglesia que la aprobó canónicamente.
Nueve años después su creación en Jerusalén, en 1129 se reunió el llamado Concilio de Troyes, que se encargó de redactar la regla para la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo. Los templarios estaban viviendo bajo la Regla de San Agustín, y en el concilio se sustituyó por la Regla Cisterciense que profesaba San Bernardo.
Dicho concilio fue encabezado por el legado pontificio D'Albano, concurriendo los obispos de Chartres, Reims, París, Sens, Soissons, Troyes, Orleans, Auxerre y otras casas eclesiásticas de Francia. También varios abades, como San Esteban Harding, el mismo San Bernardo de Claraval y laicos como los condes de Champaña y de Nevers.
Hugo de Payens expuso las necesidades de la Orden decidiéndose, artículo por artículo, hasta los mínimos detalles de ésta. Desde la forma de ayunar hasta la de llevar el peinado, pasando por rezos, oraciones e incluso armamento.
La regla más antigua de la que se tiene noticia es la redactada en ese Concilio. Escrita casi probablemente en latín, estaba basada en los hábitos y usos anteriores al concilio. Las modificaciones principales vinieron porque hasta ese momento seguían la Regla de San Agustín
La regla constaba de un acta oficial del concilio y de un reglamento de setenta y cinco artículos, entre los que figura este:
Artículo X: Del comer carne en la semana. En la semana, si no es en el día de Pascua de Natividad, o Resurrección, o festividad de Nuestra Señora, o de Todos los Santos, que caigan, basta comerla en tres veces, o días, porque la costumbre de comerla, se entiende, es corrupción de los cuerpos. Si el martes fuere de ayuno, el miércoles se os dé con abundancia. En el domingo, así a los caballeros como a los capellanes, se les dé sin duda dos manjares, en honra de la santa Resurrección; los demás sirvientes se contenten con uno y den gracias a Dios.
Algunos autores estiman que el redactor pudo ser Garmond de Picquigny aunque otros dicen que fue Esteban de la Ferté, también llamado Esteban de Chartres. Se modificó eliminando doce artículos e introduciendo veinticuatro nuevos, entre ellos la referencia a que los caballeros solo vistieran el manto blanco y los sargentos un manto negro.

Hugo de Payens. Pintura del
siglo XIX. Palacio de Versalles.
Recibida la regla básica, cinco de los nueve integrantes de la Orden, encabezados por Hugo de Payens, viajaron por Francia y por el resto de Europa con el objeto de recoger donaciones y alistar caballeros en sus filas. Se dirigieron primero a los lugares de los que provenían, con la certeza de que serían aceptados y asegurándose cuantiosas donaciones, consiguieron reclutar en poco tiempo cerca de trescientos caballeros, más escuderos, hombres de armas y pajes.

La ayuda que en Europa les concedió el abad San Bernardo de Claraval fue muy importante para la Orden. Él mismo estaba emparentado con varios de los primeros caballeros de la Orden, ya que era sobrino de André de Montbard y primo de Hugo de Payens, esforzándose en darla a conocer por medio de sus influencias en Europa, sobre todo en la Corte Papal.
San Bernardo era también un creyente convencido y hombre de gran carácter, de gran sabiduría e independencia, admirado en muchas partes de Francia y en la propia Santa Sede. Reformador de la Regla Benedictina, sus discusiones con Pedro Abelardo, un maestro de la época, fueron muy conocidas.
Era de esperar que San Bernardo aconsejara a los miembros de la Orden de tener una regla rígida y que se aplicasen a ella en cuerpo y alma, y así lo hizo participando en su redacción en 1129, en el Concilio de Troyes, introduciendo numerosas enmiendas al texto que Esteban de la Ferté, patriarca de Jerusalén había redactado. También ayudó a Hugo de Payens en la redacción de unas cartas en las que defendía a la Orden del Temple como ideal de la caballería e invitando a unirse a ella.
Los privilegios de la Orden se confirmaron con tres bulas: Omne  Datum  Optimumm, en 1139, Milites Templi, en 1144 y Militia Dei, en 1145. De manera resumida, en ellas se daba a los caballeros templarios autonomía formal y real con los obispos, sujetándose solamente a la autoridad papal. Se los excluía de la jurisdicción civil y eclesiástica, permitiéndoles tener sus propios capellanes y sacerdotes pertenecientes a la Orden y otorgándoles poder para recaudar bienes y dinero. Tenían derecho de óbolo, las limosnas que se entregaban en las iglesias; una vez al año. Además, estas bulas les daban derecho sobre las conquistas en Tierra Santa y concediéndoles atribuciones para construir fortalezas e iglesias propias, dándoles independencia y poder.

Regla y Estatutos.
Hacia 1167 se redactaron los estatutos jerárquicos de la Orden, un reglamento que desarrollaba los artículos de la Regla, teniendo en cuenta algunos aspectos necesarios que en la primera regla no se habían reflejado, como la jerarquía en la Orden, vestimenta, vida conventual, militar y religiosa o deberes y privilegios de los hermanos templarios, ect. Constaba de más de 600 artículos en distintas secciones.
Manuscrito  en  pergamino   sellado  con 
nueve vueltas de hilo de seda y lacre rojo.
  Se puede distinguir el sello de la Orden.

Las normas templarias de la primitiva Regla y luego en los Estatutos jerárquicos, fechados entre 1165 y 1187, se hacía hincapié en la jerarquía militar, la organización de marchas y campamentos y la articulación de los escuadrones en el momento de la batalla.
Para lograr que la articulación resultara efectiva hicieron regular el uso de las banderas, auténticos emblemas de la disciplina, marcando el inicio de la acción, el reagrupamiento y la retirada del campo de batalla. La bandera era el elemento sacrosanto que marcaba la actuación de los templarios en combate.
Siempre que una de ellas estuviera izada debía perseverarse en la lucha. Quien desertaba mientras una bandera ondeaba en la lucha era castigado con la expulsión de la Orden y de la casa templaria, la pena más severa, recibiendo castigo similar quien cargaba sin permiso de un superior comprometiendo el destino del resto.
Los reglamentos templarios también legislaron sobre los sargentos, que eran auxiliares de los caballeros, y del portaestandarte. También el equipo militar estaba regulado: estaban prohibidos el oro, la plata y los adornos en armas y correas, recogiendo así mismo las normas para velar por el cuidado de los caballos y su equipamiento.
 
Inicios de la Orden.
En su inicio en Jerusalén se dedicaron a escoltar a los peregrinos que acudían a los Santos Lugares. No se sabe cuántas personas componían la Orden en principio, ya que en esa época todos los caballeros tenían un séquito y considerando  que por cada caballero habría que contar tres o cuatro personas más serían de treinta a cincuenta entre caballeros, peones, escuderos, servidores, etc., por lo que se instalaron en el desfiladero de Athlit, protegiendo los pasos cerca de Cesarea.
Posteriormente su número aumentó al ser aprobada la regla, siendo el inicio de la gran expansión de los pauvres chevaliers du temple. Hacia 1170, cincuenta años después de su fundación, los caballeros de la Orden del Templo estaban por tierras de Francia, Alemania, Reino Unido, España y Portugal lo cual contribuyó al incremento de su riqueza, por lo que no había otra igual en todos los reinos de Europa.
 
Las cualidades del templario.
Desde el punto de vista bélico, los templarios pasaron a la historia por su arrojo y su combatividad. Cuando San Bernardo de Claraval redactó el Elogio de la nueva milicia, anticipó algunas cualidades de estos combatientes que acabarían siendo plasmadas en su Regla. Decía que la milicia, en contraste con la malicia encarnada por los caballeros ordinarios, era disciplinada y obediente, no tan preocupada por la gloria mundana como por servir a Dios. Disciplina y obediencia eran, valores supremos que Bernardo anticipaba en su elogio: «Se guarda perfectamente la disciplina y la obediencia es exacta».
La disciplina se manifiesta de muchas formas. Los caballeros avanzan por escuadrones y en silencio, y cuando se comunica con otro tiene que ir hacia él cabalgando a sotavento para que el polvo que levanta su montura no moleste al resto de jinetes. Cuando se encuentran en tierra enemiga y el portaestandarte pasa de largo ante una corriente de agua, los caballeros harán lo mismo. Un templario no se puede poner el yelmo sin permiso y cuando recibe la orden de ponérselo ya no se lo puede quitar hasta que se lo autoricen. Al acampar, los escuderos deben buscar forraje para los caballos o leña, y los caballeros sólo se pueden alejar hasta donde oigan el grito o la campana para reunirse cuando sea necesario.
El compromiso con la causa divina se reflejaba en una apariencia externa rigurosa, austera, castrense. Llevaban el cabello rapado, sin cuidarse el peinado y nunca se lo rizaban; se bañan pocas veces; iban cubiertos de polvo, negros por la cota de malla y por su exposición al sol. Cuando se lanzaban a la batalla se arman interiormente con la fe y externamente con los mejores caballos de guerra, rápidos, ligeros, carentes de ornamento, pensando más en el combate que en el fasto y la pompa, aspirando más a la victoria que a la gloria, diferenciándose por ello de los caballeros mundanos.
Las ideas de Bernardo de Claraval se reflejaron en la Regla del Temple y sus ampliaciones hasta el siglo XIII. En el código de conducta son precisamente el orden y la disciplina los más valorados en el hermano caballero, que constituía la base militar de la Orden. Cualidades cuya puesta en práctica permitió afirmar que los templarios inventaron técnicas guerreras, desconocidas entonces en Europa occidental y Tierra Santa.

Inicios militares.
En 1146, Luis VII de Francia se embarcaba camino de Tierra Santa en la Segunda Cruzada. Poco tardó en darse cuenta de que se enfrentaba a un enemigo distinto a los que hasta ahora había tenido como enemigos. En una marcha militar por Asia Menor, la vanguardia de su ejército se separó del resto de la columna para acampar en Cadmos. Aprovechando la ocasión, los turcos le asestaron un duro revés militar.
Después  de aquel desastre el rey se rindió a la evidencia confiando el mando a Evérard de Barres, maestre de la orden del Temple, la nueva fuerza militar creada en Jerusalén. Luis VII vio en los templarios el ejemplo de disciplina y valor militar, ordenando a sus hombres que se comportaran de manera parecida.
Militarmente los templarios se basaban en la Regla del Temple, un conjunto de normas de conducta basadas en las experiencias bélicas recogidas en años de enfrentamientos con los musulmanes en Tierra Santa. Caen presos en combate tres grandes maestres en 30 años: Bertrand de Blanchefort  en 1157, y Eudes de Saint-Amand y Gerard de Ridefort en 1187.

Batalla de los Cuernos de Hattin, en 1187,
momento decisivo de las Cruzadas.
Las derrotas ante Saladino, sultán de Egipto, les hizo retroceder. En la batalla que tuvo lugar el 4 de julio de 1187 en el desfiladero de los Cuernos de Hattin, en Tierra Santa, el ejército cruzado, formado principalmente por templarios y hospitalarios a las órdenes de Guido de Lusignan, rey de Jerusalén, y de Reinaldo de Châtillon, se enfrentó a las tropas de Saladino y fueron derrotados.
A la gran derrota se sumó que el Gran Maestre Gérard de Ridefort cayó prisionero, pereciendo gran cantidad de templarios y hospitalarios.
Saladino tomó posesión de Jerusalén y terminando con el reino que había fundado Godofredo de Bouillón, pero la presión de la Tercera Cruzada y las gestiones de Ricardo I de Inglaterra, llamado Corazón de León, llegaron al acuerdo con Saladino para convertir Jerusalén en una especie de ciudad libre para el peregrinaje.
Después de éste desastre las cosas fueron de mal en peor, y en 1244 cayó definitivamente Jerusalén que había sido recuperada 16 años antes por el emperador Federico II que había pactado con el sultán Al-Kamil. Los templarios se vieron obligados a llevar sus cuarteles generales a San Juan de Acre, junto con otras dos grandes órdenes monástico-militares: los hospitalarios y los teutónicos.
Las posteriores cruzadas, a las que también se alistaron los templarios, no tuvieron repercusiones en Tierra Santa o fueron episodios demenciales, como la toma de Bizancio en la Cuarta Cruzada.
En 1248, Luis IX de Francia, posteriormente conocido como San Luis, decidió convocar la Séptima Cruzada liderándola él mismo, pero su objetivo no es Tierra Santa, sino Egipto. El error táctico del rey sumado las pestes que padeció el ejércitos cruzados llevaron a la derrota de Mansura y a un desastre en el que el propio Luis IX cayó prisionero, siendo los templarios, a los cuales tenían en alta estima sus enemigos, quienes negociaron la paz prestando al monarca la fabulosa suma que componía el rescate que había que pagar por él.
En 1291 cayó San Juan de Acre, con los templarios luchando junto a su Gran Maestre, Guillaume de Beaujeu y esto supuso el fin de la presencia cruzada en Tierra Santa, aunque no el fin de la Orden, que trasladó su cuartel general a la isla Chipre, comprada a Ricardo Corazón de León, pero tubieron de devolvérsela al rey inglés por la rebelión de los habitantes.
La convivencia entre templarios y soberanos en Chipre fue muy incómoda propiciando que la Orden participase en una revuelta destronando a Enrique II de Chipre y subiendo al trono su hermano Amalarico lo cual permitió la supervivencia de la Orden en la isla hasta varios años después de su disolución en el resto de la cristiandad en 1310.
Tras su expulsión de Tierra Santa los templarios intentarían reconquistar cabezas de puente para penetrar de nuevo en Oriente Medio desde Chipre, siendo la única de las tres grandes órdenes de caballería que lo intentó, pues tanto los hospitalarios como los caballeros teutónicos dirigieron sus intereses a diferentes lugares. La isla de Arwad, perdida en septiembre de 1302, fue la última posesión de los templarios en Tierra Santa. Los jefes de la guarnición Barthélemy de Quincy y Hugo de Ampurias murieron y fray Dalmau de Rocabertí fue capturados.
Este esfuerzo fue inútil. No por la falta de medios o de voluntad sino porque la mentalidad había cambiado y a los poderes de Europa no les interesaba la reconquista de los Santos Lugares, por lo que los templarios estaban solos. Una de las razones por las que Jacques de Molay se encontraba en Francia cuando lo capturaron era la intención de convencer al rey de emprender una nueva cruzada.

El final de la orden.
El éxito de los templarios se encuentra estrechamente vinculado a las Cruzadas. La pérdida de Tierra Santa hizo perder los apoyos de la orden sumándose a ello los rumores sobre su ceremonia secreta de iniciación creando gran desconfianza.
Ilustración de un manuscrito medieval en
el que se acusa a los templarios de sodomía.
Felipe IV de Francia, endeudado con la Orden por el préstamo que su abuelo Luis IX solicitó para pagar su rescate tras ser capturado en la Séptima Cruzada y atemorizado por su poder, empezó a presionar al papa Clemente V para que tomara medidas contra sus integrantes.
Felipe IV de Francia, en su deseo de un Estado fuerte, con el rey concentrando todo el poder tenía, entre otros obstáculos, superar el poder de la Iglesia y las órdenes religiosas como los templarios. Convenció o intimidó a Clemente V, fuertemente ligado a Francia, para que iniciase un proceso contra los templarios acusándolos de sacrilegio a la cruz, herejía, sodomía y adoración a ídolos paganos. Les acusó de escupir sobre la cruz, renegar de Cristo a través de la práctica de ritos heréticos, de adorar a Baphomet y de tener contacto homosexual, entre otras cosas.
Primero, el último Gran Maestre, Jacques de Molay, se negó a aceptar la fusión de las órdenes militares bajo un único rey soltero o viudo a pesar de las presiones papales. El 6 de junio de 1306 fue llamado a Poitiers por el papa Clemente V para un último intento y tras su fracaso, el destino de la Orden quedó sellado.
Felipe IV de Francia contó con la inestimable ayuda de Guillermo de Nogaret, canciller del reino y estratega de un incidente en el que Sciarra Colonna había abofeteado al papa Bonifacio VIII, a consecuencia del cual, al cabo de un mes, el Sumo Pontífice había muerto de humillación. También del Inquisidor General de Francia, Guillermo Imberto, más conocido como Guillermo de París; y de Eguerrand de Marigny, quien se apoderó del tesoro de la Orden para administrarlo en nombre del rey, hasta que lo transfirió a la Orden de los Hospitalarios.
Todos ellos se sirvieron de las acusaciones de un tal Esquieu de Floyran, un espía a las órdenes de la Corona de Francia como de la Corona de Aragón. Éste se dirigió a Jaime II de Aragón diciendo que un prisionero templario, con el que había compartido celda, le había confesado los pecados de la orden. Jaime no le creyó y lo echó por lo que se fue a Francia a probar suerte ante Guillermo de Nogaret y creyera o no creyera en el mismo, no perdió la oportunidad de usarlo para comenzar a montar la causa que llevó a la disolución de la Orden.
Quema de templarios en Francia.
Entonces Felipe IV despachó correos con órdenes estrictas de que nadie los abriera antes del jueves, 12 de octubre de 1307, en la que fue una operación conjunta en toda Francia. En los pliegos se ordenaba la captura de todos los templarios y la requisa de sus bienes.Y así, un gran número de templarios fueron apresados. De esta manera el último Gran Maestre dela Orden, Jacques de Molay, que se encontraba en Francia, y ciento cuarenta templarios fueron encarcelados y sometidos a torturas, método por el que consiguieron que la mayoría de los acusados se declararan culpables de los cargos. Algunos efectuaron similares confesiones por miedo a la tortura pues la amenaza había sido suficiente. El mismo Gran Maestre admitió haber mentido para salvar su vida siendo todos ellos luego quemados en la hoguera.
Sin la autorización del Papa, quien tenía a las órdenes militares bajo su jurisdicción, esta investigación era corrupta en su finalidad y por sus procedimientos, pues los templarios debían de ser juzgados por el Derecho canónico y no por la justicia ordinaria. La intervención del poder temporal en las personas que estaban aforadas y sometidas a la jurisdicción papal, produjo en Clemente V una enérgica protesta. Además, el Pontífice anuló el juicio por completo y suspendió el poder de los obispos y sus inquisidores. Aún y todo, la acusación había sido admitida y permanecía como base irrevocable de todos los procesos siguientes.
Pero Felipe el Hermoso sacó ventaja y se hizo otorgar por la Universidad de París el título de defensor de la fe, y, en los Estados Generales convocados en Tours puso a la opinión pública en contra de los supuestos crímenes de los templarios. Logró también que se confirmaran delante del Papa las confesiones de setenta y dos presuntos templarios acusados, quienes habían sido elegidos y entrenados de antemano.
En vista de esta investigación realizada en Poitiers, en junio de 1308, el Papa, que hasta entonces había permanecido escéptico se mostró interesado y abrió una nueva comisión, cuyo proceso dirigió él mismo, reservando la causa de la Orden a la comisión papal y dejando el juicio de los individuos a las comisiones diocesanas, a las que devolvió sus poderes.
Después, en 1312, Clemente V volvió a ceder a las presiones de Felipe IV y disolvió la Orden. Su erradicación dio lugar a especulaciones y leyendas que han mantenido vivo el nombre de los caballeros templarios hasta nuestros días.

El día que murió en la hoguera Jacques de Molay.
El papa reservó para su propio arbitrio la causa del Gran Maestre y de sus tres primeros dignatarios. Fueron arrestados como heréticos reincidentes, y habían confesado su culpabilidad. Sólo quedaba reconciliarlos con la Iglesia una vez que hubiesen atestiguado su arrepentimiento. Para darle más publicidad a esta solemnidad, delante de la catedral Notre Dame de París fue erigida una plataforma para leer la sentencia.
En una jaula improvisada hecha con maderos. Así pasó su última noche en la Isla de los Judíos situada en un recodo del Sena, Jacques Bernard de Molay, vigésimo tercer Gran Maestre de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón, conocidos como templarios.
Era un día gris aquel dieciocho de marzo de 1314, día de la Candelaria. Entre gente a rebosar que aguardaba a ver el espectáculo, así se entendían entonces las ejecuciones, le conducen frente al preboste de París, quien aguarda inquieto frente a la pira.
Desenrolla la sentencia y la lee con voz trémula y ojos esquivos. Bernard de Molay es un despojo balbuceante que apenas es capaz de tenerse en pie, cuanto ni más huir pues tras siete años de prisión, el anciano ha quedado reducido a una sombra de lo que fue. Ciento trece caballeros templarios habían sido ya asesinados en la hoguera por los hombres de Felipe. Allí estaban los últimos que quedaban en Francia.
-Jacques Bernard de Molay, vigésimo tercer Gran Maestre de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón, conocidos como templarios. Has sido juzgado y hallado culpable por tu propia confesión de los delitos de herejía, idolatría, simonía y blasfemia contra la Santa Cruz. Por ello has sido condenado a morir en la hoguera.
En este momento supremo, Molay recuperó su coraje y proclamó la inocencia de los templarios y la falsedad de sus propias supuestas confesiones.
-Fui condenado a cadena perpetua, no a muerte. Y me retracté de esa confesión, obtenida bajo tortura -susurra Jacques.
El preboste mira a Molay con compasión. Sabe que la confesión ha sido arrancada de forma cruel. Cuando la sentencia se proclamó en firme, Molay fue tan torpe de no aceptarla con la sumisión esperada. En reparación por el deplorable instante de debilidad, se declaró dispuesto al sacrificio de su vida, junto a otro dignatario que eligió compartir su destino.
-Rechazasteis la misericordia del rey Felipe proclamándoos inocente cuando ya habíais sido hallado culpable. Añadisteis el pecado de la soberbia a los que ya poseíais. Y os condenasteis a vosotros mismos y a los templarios a la desaparición.
-Ya no existen, mis hermanos ya no existen -replicó el anciano, meneando la cabeza-. Pero la Orden vivirá para siempre.
-Es voluntad del rey y de Su Santidad que la Orden sea erradicada, y su nombre sea maldito y caiga en el olvido.
-No le será tan fácil -repuso Molay, tiró de la túnica deshilachada y mugrienta que era su vestidura y su mano descubrió el pecho. Cerca del corazón, el anciano había lacerado su carne, dibujando una cruz, la misma que había guiado su espíritu durante los 71 años de su existencia. Los bordes irregulares de la herida se habían infectado y estaban llenos de gusanos.
-Felipe y Clemente me matarán, pero no me impedirán morir con la cruz en el lugar donde siempre ha estado.
-Sea pues. Morid con la cruz, y que la Orden muera con vos -dijo el preboste, haciendo un gesto al verdugo.
El encapuchado arrastró a Molay hasta el poste donde se habían apilado haces de madera seca por todas partes excepto donde debían ir los pies del prisionero. El templario pidió al preboste que se acercase.
-Me gustaría morir mirando a Notre Dame.
El preboste dio unas cuantas órdenes cambiando los guardias el sentido de los haces de leña. Lo ataron al poste y añadieron más combustible sobre las piernas del viejo guerrero. El verdugo cogió un cubo donde guardaba paja húmeda. Iba a acercarse a la pira con él, pero el preboste le detuvo. Era un hombre que no disfrutase haciendo daño a otros y sabía matar con el mínimo dolor posible. Eso incluía la paja húmeda de la que el fuego arrancaba gran cantidad de humo provocando que el reo se ahogase antes de que el fuego le abrasase la carne.
-Dejad eso –dijo el preboste.
-Sólo es un viejo inútil -dijo.
-El rey ha dicho que no.
Finalmente fue quemado junto a Geoffroy de Charnay.
¡Pagarás por la sangre de los inocentes, Felipe, rey blasfemo! ¡Y tú, Clemente, traidor a tu Iglesia! ¡Dios vengará nuestra muerte, y ambos estaréis muertos antes de un año!», proclamó Molay antes de morir.
Una maldición que se cumplió al pie de la letra. Tanto el Papa como el rey de Francia murieron a los pocos meses. Castigo divino o no, aquel 19 de marzo de 1314 vivirá para siempre en la imaginación de todos la leyenda de los valientes y abnegados defensores del Santo Sepulcro, de los monjes que partían a mandoblazos cráneos de sus semejantes.
¿Qué terribles delitos había cometido aquel anciano para una condena tan dura? Ninguno, si se juzga su proclamación pública de inocencia. Pero no eran sus crímenes los que habían enfurecido al Papa Clemente y al Rey Felipe el Hermoso. Era la existencia de los templarios la que significaba una amenaza para los poderes de París y de Avignon, donde estaba entonces la sede de Pedro.
NOTA: Los textos e imágenes han sido recogidos de entre varias publicaciones sobre la Orden de los Templarios, entre ellas Wikipedia, National Geographic, ABC.es, etc. 



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